lunes, 4 de junio de 2012

México cambiará cuando confíe en sus científicos como una base para progresar



Alejandra Bravo de la Parra le debe su formación académica y su desarrollo como investigadora a la UNAM, y en buena medida el apoyo y resultados de su trabajo científico, que le valió el Premio L’Oreal-Unesco para Mujeres en la Ciencia en 2010.

Más de dos décadas han pasado desde su ingresó al Instituto de Biotecnología (IBt) de la unidad Morelos como investigadora asociada, casi el mismo tiempo desde que trabaja con la bacteria Bacillus thuringiensis —de la cual ha estudiado las proteínas Cry y Cyt para crear bioinsecticidas—, ahora se consolida como una de las científicas jóvenes más destacadas de su ramo.

Desde esta posición, y como parte del nuevo consejo directivo de la Academia Mexicana de Ciencias (AMC), para la investigadora es hora de pagar (o seguir pagando) la oportunidad que la Universidad le brindó, pero también de hacerlo con “intereses” y apoyar la gestión de la ciencia en el país.

Pero el éxito de esta científica no estaba predeterminado, si bien después de realizar a los 19 años su primer proyecto de investigación dentro de la licenciatura de investigación biomédica y formarse después en un programa especial para doctorarse, había que generar ciencia de frontera.

A su llegada al entonces Centro de Investigación sobre Ingeniería Genética y Biotecnología, hoy IBt, no tenía idea de qué hacer, se sentía muy desorientada y sola, relata en entrevista. Por lo tanto salió del país a hacer una estancia posdoctoral donde trabajaran con Bacillus thuringiensis (BT).

Así, llegó a compañía Plant Genetic Systems en 1991, en Gante, Bélgica, la primera en crear una planta transgénica resistente a insectos donde la toxina era expresada.

A su regresó todo cambió por completo. La estancia sirvió para cambiar su visión y atisbar cuál era el futuro en el tema donde se especializaba. “Lo primero que tenía que hacer era tener muchas de estas bacterias, generar una colección de BT de México, para después caracterizarlas”.

Antes de hacer ciencia que impactara en la producción agrícola, su investigación básica se centró en saber cómo las toxinas de BT matan a los insectos, cómo funcionan a nivel molecular, un mecanismo muy complejo.

Sus estudios en el instituto demostraron que las toxinas forman un poro porque se agregan entre ellas para insertarse en la membrana celular, donde forman un agujero. “Eso provoca que las células se hinchen y exploten, desbaratando el intestino de los insectos”.

Pero no todos los insectos son susceptibles a las toxinas, o se vuelven resistentes como sucede con los insecticidas químicos, por lo que su equipo desarrolla toxinas más potentes y eficaces.

DENGUE. En el desarrollo de sus investigaciones, Bravo de la Parra ha generado patentes y prototipos de productos, varios de los cuales se están “probando en campo y han funcionado muy bien”. Entre estos el más avanzado para comercialización es el de un larvicida del mosquito Aedes aegypti, el principal transmisor de dengue en México, y muchos países del mundo.

Así, los investigadores encabezados por ella diseñaron el larvicida en forma de perlitas, con el objetivo de que no se diluyera en una pila de agua, donde se acumulan las larvas del insecto. Estas esferas resisten el recambio de agua, duran más de un mes con 100 por ciento de efectividad, no enturbian el líquido, no se diluyen ni dejan residuos y no son tóxicas para los seres humanos ni para otros seres vivos.

El proyecto fue apoyado por el programa INNOVA UNAM, que permitirá tener un producto listo para transferir a una empresa. “Ahora se realiza un convenio de transferencia de tecnología y todo estará listo para producirse y venderse. Será el primer producto que llegué al mercado, lo que nos da mucho orgullo y gusto porque la UNAM ganará mucho, ella es dueña de la patente [ella con otro científico son reconocidos como los inventores] por lo que tendrá la ganancia”.

TRANSGÉNICOS. La investigadora, tesorera de la AMC, también es presidenta del Comité de Bioética del Instituto y miembro del Consejo Consultivo de la Comisión Interinstitucional sobre Bioseguridad de Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem).

La científica no trabaja directamente con plantas genéticamente modificadas (transgénicas), sino con las toxinas que posteriormente serán agregadas a éstas. No obstante, a lo largo de sus investigaciones ha demostrado su inocuidad a los humanos y otros seres vivos, por ello no vacila en enfatizar que estos bioinsecticidas son la mejor alternativa frente a los insecticidas químicos.

“Nuestros productos no contaminan los suelos ni dañan la salud humana, se convierten en un insecticida ideal. Todos los insecticidas químicos son tóxicos en diferentes niveles y tardan muchos años en degradarse, por lo dañamos la salud y el planeta”.

Las alternativas son pocas con los insecticidas químicos, pero los agricultores tampoco pueden dejar de usarlos, pueden perder hasta el 20 por ciento de su cosecha. “Pero las plantas transgénicas son una opción real y viable que permitirá beneficiarnos. Tan sólo el algodón transgénico en México subió de calidad, aumentó la productividad y redujo gastos, todo gracias a las plantas resistentes a insectos”. La experta no tiene dudas de que es una tecnología limpia y poderosa que debería ser más explotada para traer más beneficios al país.

RECONOCIMIENTO. Por el resultado de sus investigaciones y el alto impacto que podrían tener, Alejandra Bravo obtuvo el Premio L’Oreal-Unesco para Mujeres en la Ciencia 2010, y se convirtió en una de las cinco mexicanas que han sido galardonadas con éste.

“El premio fue un momento maravilloso, me sentí plena, contenta y orgullosa, fue increíble; ojalá científicas puedan experimentar esa sensación”. Fue en ese momento que, narra, reflexionó la necesidad de hacer mucho más por “la ciencia en México, por las mujeres, por la UNAM y mi país”.

El reconocimiento le dio visibilidad y le permitió hacer notar su trabajo, dice. Así llegó a la Cibiogem y la administración pasada de la AMC la invitó a participar en su área biológica.

Ya en la Academia, señala, se dio cuenta de la importancia del trabajo de la organización para México, “que reúne a los investigadores más destacados que pueden alzar la voz al gobierno sobre el papel clave de la ciencia e investigación para el desarrollo del país”.

Otro privilegio que ha sentido al hacer su trabajo es ver crecimiento de un estudiante, quien de proponer una idea, llega a desarrollar un proyecto. Avanzar en una hipótesis o ser creativo en un experimento también le han dado una profunda satisfacción, en una labor que encuentra divertida y generadora de muchas alegrías.

“Me apasiona y encanta mi trabajo, no me imagino haciendo otra cosa. Es vital transmitirlo eso a los jóvenes. Desde la AMC quiero hacerlo, como también  aportar lo mejor para que la ciencia en México se oiga. Sólo así haremos un cambio, cuando el país confíe en sus científicos como una base para progresar”.



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